
No puedo ofrecerte
un albo pasado.
Ni unas manos novatas,
ni labios no explorados.
No puedo decirte
que serás el primero,
o mentir al decir
que no fue amor verdadero
lo que sentí por alguno de ellos.
¿Qué te ofrezco entonces?
Un corazón con cicatrices
que aunque dolieron lo suyo,
formaron un corazón humilde,
pues no hay amor en el orgullo.
Unas manos tiernas
diestras en prodigar mimos,
capaces de explorarte sin falsos pruritos
pues en amor no hay prohibidos.
Unos labios ávidos de besar,
pero también de compartir,
mi historia, mis sueños,
sin nada que ocultar o disfrazar,
pues no hay amor si debo mentir.
Mis oídos atentos a escuchar
todo lo que brote de tu boca,
pero, más aún, lo que emana
de tu ser, de tu alma,
pues sólo quien conoce, ama.
Un presente sereno,
sin angustia,
porque sé que la lucha
es parte de la vida
igual que el sufrimiento.
Disfrutar, ser feliz, amar
es una decisión que depende de mí.
No sé si éste
es un inventario fiel
de todos mis haberes.
No tengo más pasivos
que el amor de mi familia y amigos,
pero éstos están en mi patrimonio,
no tengo deudas ni rencores,
Dios me enseñó a perdonar y olvidar
y también a pedir perdón.
Tal vez deba agregar
aquellas cosas que aun no sé de mi,
que son parte de esta eternidad
que nos hace ser cada día diferentes,
y algún achaque de salud
pues ya paso de los veinte.
Esto es lo que te ofrezco,
lo que soy hoy
y un potencial abierto
de mañanas,
con una convicción ciega,
de que serás mi amado compañero,
mientras Dios tenga dispuesto
mantenernos en este sendero.
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